En un momento impreciso de la década de 820-830 se produce el descubrimiento de la tumba de Santiago el Mayor. Reina en el noroeste peninsular (Reino de Asturias) Alfonso II. Él es el primer gran valedor. Se había criado en el Monasterio de Samos y recibe con entusiasmo la noticia que le transmite el obispo de Iria, Teodomiro.

Un eremita del lugar de Solovio (donde hoy se alza la Iglesia de San Fiz de Solovio), de nombre Paio, localizó, en un bosque llamado Libredón, las ruinas de un primitivo enterramiento. Contienen las que serán identificadas como tumbas del apóstol Santiago y sus discípulos Teodoro y Atanasio.

Esta aparición confirma una arraigada tradición popular que habían documentado antes los monjes Beda el Venerable y Beato de Liébana. Pero faltaban estas pruebas. Enseguida, el rey Alfonso II visita el lugar y manda edificar una modesta iglesia, que luego reconstruirá Alfonso III (año 899). Estamos en el germen de la actual catedral y de la ciudad de Santiago.

Los soberanos astures Alfonso II y Alfonso III, junto con la Corte de Oviedo, son los primeros peregrinos conocidos del siglo IX. Alfonso III el Magno peregrinó en 872 y regresó con la reina Jimena dos años más tarde, en 874, donando al apóstol una cruz de oro y pedrería, emblema del Reino de Asturias.

En el siglo X comienzan a llegar peregrinos europeos, como Bretenaldo, en 930, un franco que decidió asentarse como vecino de la primitiva Compostela. Dos años más tarde, hacia 932, peregrinó el rey Ramiro II. No obstante, el peregrino más célebre del siglo X fue el obispo Gotescalco de Le Puy, quien viajó a Compostela en compañía de otros clérigos y de un grupo de fieles de Aquitania a finales de 950.

Poco después, en 959, peregrina al santo lugar el abad Cesáreo del monasterio catalán de Santa Cecilia de Montserrat. Pidió la ayuda de la Iglesia compostelana para solicitar del papa la restauración de la sede episcopal de Tarragona. Este trámite de intercesión incrementó el peso de la sede apostólica en el reino de León, reforzando la posición de Compostela como sede prestigiosa del occidente peninsular.

Camino del Norte

Esta ruta, que transita por la costa asturiana y entra en Galicia por la ría de Ribadeo, alcanzó relevancia en la baja Edad Media. Entonces, las peregrinaciones marítimas estaban en su apogeo y en Oviedo comenzó a celebrarse el Jubileo de la Santa Cruz.

Los peregrinos de fines de la Edad Media, ávidos por venerar reliquias y ganar indulgencias, visitaban Oviedo como complemento de su viaje piadoso a Compostela.

El Camino del Norte mantuvo vitalidad hasta el siglo XVIII. Y no solo atraía a peregrinos asturianos sino que por él pasaban devotos de todo el norte de la Península, e incluso —por tierra o por mar— procedentes de otras zonas de Europa como InglaterraFlandesAlemania o Escandinavia. Muchos de los peregrinos llegaban atraídos por las reliquias del santuario de San Salvador de Oviedo y lógicamente por la catedral compostelana.

Ha sido una ruta de peregrinos ilustres. Se la ha vinculado a san Francisco de Asís, quien, según la tradición, peregrinó a San Salvador de Oviedo y a Santiago en el año 1214. A fines del siglo XV lo haría, tanto para la ida como para la vuelta, el obispo armenio Mártir de Azerbaján. En el XVI, Jacobo Sobieski, padre del rey Juan III de Polonia. Y de finales del XVIII nos ha quedado el testimonio escrito del francés Jean Pierre Racq.

En 2015, el Camino del Norte fue reconocido por la UNESCO, junto con el Camino Primitivo, como Patrimonio de la Humanidad, el máximo reconocimiento que puede recibir un bien cultural.